lunes, 14 de febrero de 2011

Antisanvalentín '11

Este lunes pasado asistí al Anti-San Valentín que se celebró en el CCCB en Barcelona: una lectura colectiva, espontánea y a micro abierto de poemas de amor malos o muy malos y dos performances sobre la otra cara de Cupido.

Como adoro a Bukowski y lo transgresor que llegaba a ser, transcribiré esta nota que tuvimos el gusto de disfrutar
en este evento. Así, tendré un recuerdo de un San Valentín diferente.

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 69

Aquella noche sonó el teléfono. Era Mercedes. La había conocido después de una lectura poética que di en Venice Beach. Tenía unos 28 años, un buen cuerpo, piernas superiores y rostro interesante. Era una rubia más bien bajita, con ojos azules. Su pelo era largo y un poco ondulado. Fumaba continuamente. Su conversación era boba, y su risa sonora y falsa la mayor parte de las veces.


Había ido a su casa tras la lectura. Yo había tocado el piano y ella los bongos. Había una botella de Red Mountain. Había porros. Me emborraché demasiado para poder irme. Me había quedado a dormir allí yéndome luego por la mañana.
—Oye —me dijo Mercedes—, ahora trabajo en este barrio. Podré ir a verte a
menudo.
—Muy bien.
Colgué. Sonó otra vez el teléfono. Era Tammie.
.—Mira, he decidido irme. Tendré casa en un par de días. Saca mí vestido amarillo


del apartamento, ese que te gusta, y mis zapatos verdes. Todo el resto es basura. Déjalo.
—Está bien.
—Oye, estoy en la ruina. No tengo ni para comer.
—Te enviaré cuarenta pavos para mañana por la Western Union,
—Eres un cielo...


Colgué. Quince minutos más tarde apareció Mercedes. Llevaba una falda muy corta, sandalias y una blusa por encima del ombligo. También unos pequeños pendientes azules.
—¿Quieres un poco de hierba? —preguntó.
—Claro.
Sacó la hierba y los papelillos de su bolso y empezó a liar unos porros. Yo saqué
cerveza y nos sentamos en el sofá a beber y a charlar.
No hablamos mucho. Jugué un poco con sus piernas y bebimos y fumamos durante
un buen rato.


Finalmente nos desnudamos y nos fuimos a la cama, primero Mercedes y luego yo. Empezamos a besarnos y le trabajé el coño. Ella me agarró la polla. La monté. Mercedes la guió dentro. Tenía una buena agarradera allí abajo. Muy estrecha. Jugué un rato con ella, sacándola casi toda y moviendo la cabeza adelante y atrás. Entonces la metí hasta el fondo, lentamente, en plan perezoso. Luego de repente le di cuatro o cinco sacudidas salvajes y su cabeza cayó sobre la almohada de golpe.
—Arrrggg... —dijo. Yo seguí con la marcha.
Era una noche muy calurosa y los dos sudábamos. Mercedes estaba colocada con
los porros y la cerveza. Decidí acabar con alguna floritura. Enseñarle un par de cosas.


Bombeé una y otra vez. Cinco minutos. Diez minutos más. No podía correrme.
Empecé a fallar, se me iba quedando blanda.
Mercedes se preocupó.
—¡Hazlo! —pidió—. ¡Oh,h a zlo , querido!
No sirvió de mucho. Me eché a un lado.


Era una noche insoportablemente calurosa. Cogí la sábana y me limpié el sudor. Podía oír mi corazón latiendo a rebato. Sonaba triste. Me preguntaba qué pensaría Mercedes.
Agonicé allí tumbado, con el badajo flaccido.


Mercedes giró su cabeza hacia mí. La besé. Besarse es más íntimo que joder. Por eso nunca me gustaba que mis novias besaran a los hombres. Hubiera preferido que se los jodiesen.
Seguí besando a Mercedes y mientras sentía estas cosas se me puso otra vez dura.


Subí encima de ella, besándola como si fuera lo último que fuera a hacer en esta vida.
Mi polla penetró.
Esta vez supe que iba a conseguirlo. Podía sentir el milagro de ello.
Me iba a correr en su coño, la perra. Iba a verter mis jugos en su interior y no había
nada que ella pudiera hacer para impedirlo.
Era mía. Yo era un ejército conquistador, era un violador, era su dueño, era la
muerte.Ella estaba indefensa. Su cabeza se debatía, me agarraba y gemía haciendo sonidos.


—¡Arrrgg, uuggg, oh, oh... oooff...o oo ooh!
Mi verga se alimentaba con ello.
Hice un extraño sonido y luego me corrí.
Cinco minutos más tarde ella estaba roncando. Los dos estábamos roncando.
Por la mañana nos duchamos y vestimos,
—Te llevaré a desayunar —dije yo.


—Vale —dijo Mercedes—. Por cierto, ¿hemos jodido esta noche?
—¡Por Dios! ¿No te acuerdas? ¡Debimos estar jodiendo por lo menos una hora!
No me lo podía creer. Mercedes parecía poco convencida.
Fuimos a un sitio pasada la esquina. Pedí huevos con bacon, café y una tostada.
Mercedes pidió tortitas con jamón y café.
La camarera nos lo trajo. Tomé un poco de huevo. Mercedes echó salsa a sus
tortitas.—Tienes razón —me dijo—, me has debido joder. Siento el semen cayéndome por
la pierna.


Decidí no volver a verla...




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