viernes, 18 de febrero de 2011

arlequín::arlecchino

El arlequín se quitó la máscara, miró por la grieta por dónde escapaba la luz del camerino
de la frágil y bella bailarina de ballet. Acechante, inspeccionaba todos los movimientos
de aquél cuerpo angelical mientras ella desbotonaba su corsé y se quitaba el tutú.


La madera de la estancia sobre ruedas estaba vieja y podrida, se habían formado unos surcos
que daban aspecto al viejo carruaje de queso Gruyère.


El bufón, hasta ese momento, escribía cortos y sentidos poemas y, enrrollando finamente el papel,
enviaba promesas de amor y muerte a través de aquellas hendiduras;
que caían en la estancia de aquella joven como gotas de sangre en el hacha de un anónimo verdugo
que sella una condena.


Todas las palabras que día tras día le había dedicado se transformaron en amargas lágrimas derramadas.
Le quedaban horas de vida: la guillotina, no esperaba.
Aunque, esa noche, tendría tiempo de una víctima más y ésta, para nuestro protagonista, sería la más importante...
pero nadie jamás lo sabría...




Joan Miró (1893-1983), el carnaval de l'arlequí


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errare humanum est, perseverare diabolicum

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