jueves, 9 de junio de 2011

::clec-clec

Andaba yo sentado en el tren, como cada noche... Con la mano en el interior de mi bolso apretaba una y otra vez el artilugio. 
El sonido del clec-clec, similar a la carga de un revólver captaba la atención de los demás viajeros, que no paraban de mirarme de reojo.

Escena graciosa sino fuera porque una vieja, justo a mi lado, con la típica postura de manos cruzadas encima de su bolso imitación de piel y vestida con el uniforme de mujer mayor que ha vivido la pos-guerra me miraba de mala gana. 

Zapatos de piel cerrados que a uno le hacen recordar a las monjas que de pequeño le daban clase, o almenos, lo intentaban; medias tupidas de algún color opaco y feo, falda de raso recta sin marcar ninguna curva femenina y, no podía faltar el pullover de tonos pastel. No olvido mencionar el corte de pelo: de bollera sin serlo, de monja sin haber renunciado al sexo, adornado con esos pendientes castos de oro pegados al lóbulo a conjunto con la alianza que luce desde el día que contrajo matrimonio o véte tú a saber el simbolismo de dicho anillo...

No cesaba en mi clec-clec, me diviertía. La cacatúa, de la cuál acabo de describir sendo uniforme, me miraba angustiada. Era consciente de mi imagen desaliñada y mugrienta; y el hedor a whiskey barato que desprendía. Mi bolso, hecho a mano con retales descosidos que un día me regaló una amiga que tenía una tienda de artesanías y ropa hecha a mano en el Borne de Barcelona, tampoco ayudaba a mejorar mi imagen de "tirado" y "colgado". 

Veía las mirada inquietantes. Siempre me ha gustado inquietar, causar revuelo, quizá ser el centro de atención. Quizás no, no estoy seguro de ello. Supongo que eso me viene de pequeño: madre ausente y padre con una ligera alergia a los mocosos que se veía impotente y poco capaz ante la idea de lidiar con el pequeño mónstruo, yo.

-Mis dedos van sólos señora- al final le dije a la vieja intentando un tono cordial.

-Es que me está poniendo usted nerviosa- contestaba balbuceando e intentando buscar algún asociado y, sin éxito, continuó: - ¡Seguro que  no soy la única! A juzgar por ese ruidito seguro que usted no trama nada bueno!
Tenso, notando que la vena de la sién se me hinchaba ante tal repelencia contesté: 
-¿Por qué tendría usted que suponer eso? ¡Nunca imaginaría qué es ese ruidito! Aunque la veo muy segura de ello... Muy segura de que no tramo nada bueno... Me parecen muy interesantes sus elucubraciones señora, de verdad.
¿Por qué no me explica cuáles son sus paranoias mentales? ¿Qué imagina su retorcida cabecita?

Tras mi discurso era consciente que se me estaba poniendo cara de loco. No me gustan las personas chismosas, las señoras uniformadas, las personas que te juzgan por tu fachada, por tu olor o la suciedad que desprendes. 

¿Es que usted no ha tenido un mal día, una mala época? ¿Usted siempre ha sido perfecta? ¿Es que usted nunca le han jodido ni se ha jodido a si misma? Preguntas que nunca le hice.

Me limité a seguir con el clec-clec de la grapadora verde que se hallaba sin grapas dentro de mi bolso.



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errare humanum est, perseverare diabolicum

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