jueves, 6 de octubre de 2011

cuento.sin.importancia




Inmersa en mi lectura y con la música a todo volumen en mi iPod, empecé a oír una cantarina de fondo... como si saliera del mismo reproductor.

EL tipo moreno, joven, atractivo, aunque un poco bajito para mi gusto entonaba una especie de lamento.
No llevaba auriculares, le salía de dentro. Agitanado.

Sus ojos negros, cada vez que levantaban la mirada se encontraban con los míos. Como un desafío. Una mirada dura.
Me pregunté: a quién le cantaba, de qué realmente se lamentaba.
Al mirarme constantemente me condenaba a sentir lo que él sentía.
Eso me llevó a quitarme un auricular y sumirme en el llanto.
Hasta que llegó su parada, y sin dejar de cantar, se bajó del vagón sin más.
Después se giró, dedicó una última mirada a su cómplice, yo.
Y así puso fin a su show.



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errare humanum est, perseverare diabolicum

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