domingo, 15 de enero de 2012

Recuerdos de una época:::

El tipo o mejor dicho el rumano mugriento con el bulto en la cabeza que toca la armónica en este tren me recuerda a mi abuelo.
No sé si es por el cabello canoso y brillante, por su aspecto desaliñado, por la pinta que tiene de haber pasado mucho hambre en su vida, por el instrumento que cree tocar bien o por mis asociaciones extrañas que siempre tengo tendencia a hacer...

Mi antecesor tocaba soplando, aspirando el aire sobre esos agujeros individuales preparados para tal uso. La presión que causaba sobre ellos formaba unos sonidos que se escapaban y que me fascinaban. Yo era pequeña en la época en que mi abuelo tocaba ese instrumento. Tiempos en los que obreros como él padecían tisis. Tiempos en los que la ignorancia era el plato del día y la muerte un postre un tanto amargo.

-¡No dejes tocar a la niña que se lo vas a pegar!- chillaba mi madre preocupada desde el balcón. Sus gritos inundaban el patio de luces de aquellos bloques de un suburbio barcelonés. Pero nadie le hizo nunca caso....

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A través de las ventanas de aquél tren deciden acompañarme las costas del Garraf. Me traen muchos recuerdos, sobre todo de mi infancia. Así que sigo recordando: los paseos marítimos en barca con mi abuela y el que era entonces su amante, un tal Mario, un italiano un poco más joven que ella, incluso guapo.

En el asiento de delante una pareja comparte auriculares, se sonríen acaramelados, comentan en alemán algo que no alcanzo a entender. Ella le pone crema en la cara a él. Me río y no puedo evitar pensar... joder, ¡qué pesadez! ¡qué empalagosos! No paran de hacerse fotografías desde sus móviles de última generación, intentando encuadres desde arriba para evitar que salga la silueta del asiento de atrás, la mía.
En breves momentos colgarán las imágenes en Facebook para que todo el mundo sepa lo mucho que se quieren en un alarde de modernidad... lejos de casa.

En ese momento en que la envidia me corroe suena en mi reproductor una canción que hiciste tú. Y entonces me doy cuenta: te echo de menos y al otro lado de esa fina línea que separa al amor, más que nada, te odio.
Y es curioso porque eres al único al que quiero odiar...

Y ese mar, tan mío, al menos no cesa en su compañía. Adoro su quietud. Siempre ha estado allí.
A lo largo de todos estos años. Prediciendo amaneceres... Repletos de sueños rotos de jóvenes perdidos, como tú, como yo.... corrompidos por la marea.
Así eramos nosotros y, ¿sabes por qué te odio? Porque me gusta pasearme por esa fina línea a la que llaman amor, como si de una equilibrista se tratara... sé que a la mínima puedo cruzar la línea, así, tan fácilmente.

¿O es que ya la he cruzado?




Recuerdos de una época...


errare humanum est, perseverare diabolicum

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